El genial murmullo de un hombre mágico
Inicialmente Gould, mientras lo observo por primera vez, me da la impresión de estar loco…
Es inevitable dejarme engañar en los primeros segundos del vídeo que me lo esta presentando. Gould toca el piano y su postura es incorrecta, su mirada esta perdida en medio de las teclas y ese tarareo incesante de lo que esta tocando termina por completar la farsa inicial.
Sin embargo, conforme avanza la pieza, Gould se transforma, al igual que su música, en una expresión de sentimiento. La música lo posee, y lo hace de tal manera que incluso lo obliga a abandonar el piano que utiliza para llevarlo (en medio de un tarareo) más adentro de la partitura en su mente donde seguramente el concierto sigue su curso. Él, tal vez no se da cuenta que es la música la que lo dirige, no él a la música. Glen Gould es su mero instrumento que al igual que su incesante e inicialmente molesto murmullo acaba convirtiendose en un instante de dicha y realización artística. La cámara que lo capta todo, termina por rendirse ante la única verdad posible, el dedo de un ser divino mueve la melodía que viaja a mis oídos y acaba convirtiendose en puro sentimiento.
Glenn Gould (1932-1982), uno de los músicos más personales y carismáticos del siglo XX, se sentaba al piano usando casi siempre la misma silla de madera paticorta y vieja. Célebre no sólo por su talento musical sino también por su comportamiento errático, Gould canturreaba durante los conciertos y se presentaba sobre el escenario vestido con un frac sin planchar, mitones y abrigo. En 1964, en el apogeo de su polémica carrera, abandonó totalmente los escenarios para centrarse en sus escritos y en sus grabaciones.
Es claro que si alguien ha cambiado la manera de entender la música durante el siglo XX, ese ha sido, indudablemente, Glenn Gould. Alérgico, entre muchas otras cosas, al contacto con sus congéneres y a exhibirse sobre un escenario expresa: “Lo que ocurre entre mi mano izquierda y mi mano derecha es un asunto privado que no le importa a nadie”. Hombre de costumbres raras se sentaba sobre una silla de madera paticorta (construida para él por su padre) que dejaba su nariz a ras del teclado. Encorvado, siempre ensimismado, canturreando, el pianista canadiense rompió con su excéntrica personalidad las leyes que hasta entonces marcaban la pauta estética -y escénica- de los concertistas. Subía al escenario con el frac arrugado bajo una -o varias- bufandas, abrigo y mitones. Dejaba sus manos a remojo durante veinte minutos antes de tocar y siempre evitaba el contacto físico (a lo Howard Hughes) con extraños. Huía de la fama, de su público, y sólo encontró respiro en las herméticas salas de grabación, experiencia que coronó con su versión de Las variaciones Goldberg de Bach, mismas que son un hito musical importantísimo del siglo XX.
Variaciones Goldberg.
Con respecto a la técnica de piano, indicó que no entendía la obsesión de otros pianistas para reforzar continuamente su relación con el instrumento y practicarlo determinada cantidad de horas por día. Al parecer, era capaz de practicar mentalmente sin acceso al instrumento, e incluso tomó esto tan en serio que preparó una grabación de los trabajos para piano de Brahms sin tocar antes de grabar las sesiones.
Grabando las obras de Bach en piano, Gould dijo, “el piano no es un instrumento al que le tengo mucho amor, pero lo he tocado toda mi vida y es el mejor vehículo en el cual expresé siempre todas mis ideas”.
En el caso de Bach, luego admitió: “Yo fijo mi concentración en algunos de los instrumentos que toco –especialmente en el piano que uso para las grabaciones– de modo de lograr un resultado mucho mas óptimo que el estándar.
“Todo instrumento debe tener un mecanismo de control que sea algo similar a un automóvil pero sin el manejo de la energía: usted debe tener el control y no él; él no lo conduce a usted sino que usted lo conduce. Éste es el secreto para tocar adecuadamente a Bach en el piano”.
De cualquier manera, reducir el enigma de Glenn Gould a Bach y a las Variaciones Goldberg sería obviar muchas de las facetas de este personaje que nos invitó a redescubrir la música para piano. Según Kevin Bazzana la leyenda de Gould está llena de exageraciones. Su negativa a estrechar la mano en realidad sólo era con los desconocidos por miedo a alguna fractura (los peores, según llegó a contar Gould a un amigo, eran los jóvenes y los hombres de baja estatura). Lo cierto es que los demonios internos le acechaban desde niño y el rechazo a lo extraño no era una farsa. Gould, que sólo tuvo dos profesores de piano -su madre y el chileno Alfonso Guerrero, a quien dejó el día que consideró que ya no tenía nada más que aprender de él- vivió una vida ermitaña y monacal. “El ego de Gould era tan frágil como resistente”, escribe Bazzana. Y su influencia en generaciones posteriores definitiva, añade el biógrafo que citando a otro mito, Herbert von Karajan, concluye: “Su estilo abrió el camino del futuro”.
El 10 de abril de 1964, Glenn realizó su último concierto público en Los Ángeles, California, en el Teatro Wilshire Ebell. Entre las piezas que tocó esa noche estuvo la sonata número 3 para piano de Beethoven y la sonata Opus 92 número 4 de Ernst Krenek. Luego de esto y por el resto de su vida se concentró solamente en las grabaciones, la composición y la trascripción.
Poco más de veinte años después de su muerte, exámenes científicos le diagnosticaron el síndrome de Asperger. Muchas personas con este desorden creen que Gould lo tenía. La pequeña silla que utilizaba le identifica fielmente y tiene un lugar de honor en una vitrina en la Biblioteca Nacional de Canadá.
Visita el sitio oficial del pianista aqui: http://www.glenngould.com/






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