Después de que García recibió el mensaje.
La pequeña narración, “Un mensaje a García”, escrita en febrero de 1899 por Helbert Hubbard y publicada en marzo del mismo año en la revista “Philistine”, es sin lugar a dudas un relato inspirador. Basada en un análisis puntual, desde la óptica patronal de la época, de los enternecedores lamentos de los desheredados, esclavos del salario y clase chambona. El texto “Un mensaje a García” logra sin lugar a dudas transmitir el mensaje de como enaltecer el amor al deber, la fidelidad en la confianza, el obrar con prontitud y sobretodo el concentrar las energías en la resolución de un problema. Rowan, el personaje que logra entregar el mensaje, es el epítome del buen servidor; el héroe anónimo al cual, como bien señala el texto, sólo le interesa cumplir el objetivo. Rowan es así, el antagonista del protagonismo y el hombre que logra sobre cualquier cosa controlar su ego. Sirve y cumple, nada más; está sólo y es responsable de su propia misión. Su opinión no nubla su juicio; Rowan, no tiene juicio, tiene orden y así la acata y la cumple. En este sentido estricto del texto, Rowan es una isla (irónicamente contrario a lo que dice Donne), completo en sí mismo.
El texto si bien ayuda a entender lo que es deber, puede acabar (parafraseando a Siller) dividiendo cuando se utiliza como navaja, para lesionar; restando cuando se usa con ligereza para censurar; sumando cuando se emplea para dialogar, y multiplicando cuando se da con generosidad para servir.
¿Es el hombre una isla? John Donne, poeta inglés, dice que “Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo. Cada hombre es un fragmento del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, tanto si fuera un promontorio, como si fuera la casa de uno de tus amigos o la tuya propia: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy unido a toda la humanidad…”.
Donne, reduce el deber general al amor propio. Te ayudo porque me ayudo. Te sirvo porque soy contigo parte de un todo. Soy una pieza en el mecanismo. No soy la guía, ni la base, soy junto contigo, todo. Donne, en mi humilde opinión, ejecuta mejor que Hubbard el sentido del deber. Establece que pertenecemos a un grupo y que ese grupo es gracias a nosotros y nosotros gracias al grupo. Nuestro deber hacia el compañero es nuestro deber hacia nosotros mismos.
Ningún hombre es una isla. Todos tenemos que compartir información y recursos, porque los recursos y la información son de todos. Todos somos inverosímiles y todos al mismo tiempo importantes. No hay rangos. En cualquier equipo exitoso, lo que hay es un sentido de cooperación y de comunicación imperativo. Los desplantes de ego y las reacciones de cólera son siempre ausentes. Gandhi decía “la cólera controlada puede transformarse en un poder capaz de mover el mundo”. El bien imperante es el bien del equipo.
En el mundo occidental se nos ha enseñado a competir unos contra otros. Incluso los sistemas de incentivos se basan en la competencia dentro del mismo equipo, cuando en realidad lo que ocupamos es que todos “trabajemos juntos”.
Desde la escuela el niño está compitiendo contra el compañerito por la nota del examen. Las investigaciones han demostrado más allá de cualquier duda que para lograr mayor productividad y efectividad, no sólo no hace falta la competencia, sino que más bien hace falta la ausencia de competencia. No podemos competir contra nuestros compañeros.
Hay que enseñar a la gente a confiar unos en otros y en disfrutar del éxito colectivo del equipo, no de la luz propia y brillante de “mi estrella”.
El ser humano no es una estrella sola en medio del espacio. Somos millones, el brillo conjunto es mil veces más poderoso que el individual.













