Recuerdos de un sueño en la lluvia.
Deseaba, con tantas ganas, tenerla cerca. Acostarnos en un sillón y dormir juntos, en el sentido más inocente de la frase, nada sexual, sólo dormir. Pero me faltaban los recursos y el valor. Ella era hermosa y yo feo y horriblemente aburrido y ella infinitamente fascinante. Así que me dirigí a mi cuarto y me tiré al pie de la cama, pensando que si la gente fuera lluvia, yo sería llovizna y ella una huracán.
Pasó un tiempo y la noche había cubierto por completo la luz del día. La tarde había muerto. El viento golpeaba la necia ventana con furia y con cada golpe entraba movía los cuadros en la pared. Yo seguía tirado al pie de la cama. Estaba inmerso en el más bello de los sueños. Sus ojos me miraban fijamente, sonrientes, llenos de ilusión perdida y ahora por un instante, este, recuperada. Nuestras manos se sostenían mutuamente. Alrededor de nosotros la nada y el ensordecedor sonido del silencio. Su pelo y sus labios rojos y sus pómulos rollizos. Ella, mi todo, mi oriente, mi poniente, mi idea y mi irrealidad. Flotábamos en la nada, como si nada importara nada. Me sentía completo, lleno, libre y por primera vez me sentía yo.
El viento siguió su paso. La ventana había sido derrotada y ahora descansaba, rota, a un costado de la pared, como un Do sostenido deslizándose en medio de la partitura, cayendo sin fin, en un pozo de sonido, vacío y hueco. En mi sueño el silencio dejó de sonar y por un momento me di cuenta lo desesperante que había sido tenerlo siempre en mi oído. La nada se convirtió en tormenta y con el primer rayo tuve que despertarme a la realidad. Ella no estaba, lo sabía, pero por un minúsculo momento supuse que al abrir los ojos aparecería a mi lado, de alguna forma traída conmigo de vuelta del sueño.
Pero no, la hora de mis cavilaciones había llegado a su fin. No había sillón, ni musa, ni pelo rojo como el fuego. No había abrazo cálido y tierno en medio de la tempestad. Sólo estaba yo, tirado, al pie de la cama, pensando como siempre que se sentiría tenerla cerca. Sonreí, pues la sonrisa, a solas, es la mejor forma de auto animarse y me puse de pie, sólo del piso. Mi alma seguía regada, como había pensado antes, como llovizna. Cubriendo con mi incesante pensamiento, como si fueran pequeñas gotas, todo lo que me rodeaba.
Así, ya más despierto, corregí mi locura. No había más metáforas, ni sueños. La gente no era lluvia, ni llovizna, ni huracanes; dos amantes tomados de las manos no flotaban; el pelo no era de fuego; las ventanas no descansaban como notas; el viento no luchaba y el silencio, sólo silencio era, no sonaba. La tarde no se había muerto, había llegado la noche. Tantas metáforas y tan poca realidad eran alarmantes. Como deseaba que la realidad fuera mucho más emocionante. Tan sólo había estado dormido, soñando. Seguía sin nadie a quien amar, esperando, que en algún lugar de este mundo, la mujer que aún no se aparece, no se estuviera envolviendo en metáforas al igual que yo, y ella sí, por el bien de los dos, me estuviera buscando.























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