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Mar

28

Recuerdos de un sueño en la lluvia.

By pabloeduardo.com

Deseaba, con tantas ganas, tenerla cerca. Acostarnos en un sillón y dormir juntos, en el sentido más inocente de la frase, nada sexual, sólo dormir. Pero me faltaban los recursos y el valor. Ella era hermosa y yo feo y horriblemente aburrido y ella infinitamente fascinante. Así que me dirigí a mi cuarto y me tiré al pie de la cama, pensando que si la gente fuera lluvia, yo sería llovizna y ella una huracán.

Pasó un tiempo y la noche había cubierto por completo la luz del día. La tarde había muerto. El viento golpeaba la necia ventana con furia y con cada golpe entraba movía los cuadros en la pared. Yo seguía tirado al pie de la cama. Estaba inmerso en el más bello de los sueños. Sus ojos me miraban fijamente, sonrientes, llenos de ilusión perdida y ahora por un instante, este, recuperada. Nuestras manos se sostenían mutuamente. Alrededor de nosotros la nada y el ensordecedor sonido del silencio. Su pelo y sus labios rojos y sus pómulos rollizos. Ella, mi todo, mi oriente, mi poniente, mi idea y mi irrealidad. Flotábamos en la nada, como si nada importara nada. Me sentía completo, lleno, libre y por primera vez me sentía yo.

El viento siguió su paso. La ventana había sido derrotada y ahora descansaba, rota, a un costado de la pared, como un Do sostenido deslizándose en medio de la partitura, cayendo sin fin, en un pozo de sonido, vacío y hueco. En mi sueño el silencio dejó de sonar y por un momento me di cuenta lo desesperante que había sido tenerlo siempre en mi oído. La nada se convirtió en tormenta y con el primer rayo tuve que despertarme a la realidad. Ella no estaba, lo sabía, pero por un minúsculo momento supuse que al abrir los ojos aparecería a mi lado, de alguna forma traída conmigo de vuelta del sueño.

Pero no, la hora de mis cavilaciones había llegado a su fin. No había sillón, ni musa, ni pelo rojo como el fuego. No había abrazo cálido y tierno en medio de la tempestad. Sólo estaba yo, tirado, al pie de la cama, pensando como siempre que se sentiría tenerla cerca. Sonreí, pues la sonrisa, a solas, es la mejor forma de auto animarse y me puse de pie, sólo del piso. Mi alma seguía regada, como había pensado antes, como llovizna. Cubriendo con mi incesante pensamiento, como si fueran pequeñas gotas, todo lo que me rodeaba.

Así, ya más despierto, corregí mi locura. No había más metáforas, ni sueños. La gente no era lluvia, ni llovizna, ni huracanes; dos amantes tomados de las manos no flotaban; el pelo no era de fuego; las ventanas no descansaban como notas; el viento no luchaba y el silencio, sólo silencio era, no sonaba. La tarde no se había muerto, había llegado la noche. Tantas metáforas y tan poca realidad eran alarmantes. Como deseaba que la realidad fuera mucho más emocionante. Tan sólo había estado dormido, soñando. Seguía sin nadie a quien amar, esperando, que en algún lugar de este mundo, la mujer que aún no se aparece, no se estuviera envolviendo en metáforas al igual que yo, y ella sí, por el bien de los dos, me estuviera buscando.

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Mar

19

Escrito de Denisse Dresser

By pabloeduardo.com

Alguna vez, el periodista Julio Scherer García le pidió a Ernesto Zedillo que le hablara de su amor por México. Le sugirió que hablara del arte, de la geografía, de la historia del país. De sus montañas y sus valles y sus volcanes y sus héroes y sus tardes soleadas. El ex-presidente no supo qué contestar. Hoy es probable que muchos mexicanos tampoco sepan cómo hacerlo. Hoy el pesimismo recorre al país e infecta a quienes entran en contacto a él. México vive obsesionado con el fracaso. Con la victimización. Con todo lo que pudo ser pero no fue. Con lo perdido, lo olvidado, lo maltratado. Con la crónica de catástrofes; de corruptelas; de personajes demasiado pequeños para el país que habitan.

México padece lo que Jorge Domínguez, en un artículo en Foreign Affairs, bautizó como la “fracasomanía”: el pesimismo persistente ante una realidad que parece inamovible. La propensión colectiva a pensar que la corrupción no puede ser combatida; que los políticos no pueden ser propositivos; que la sociedad no puede ser movilizada; que la población no puede ser educada; que los buenos siempre sucumben; que los reformadores siempre pierden.. Por ello es mejor callar. Es mejor ignorar. Es mejor emigrar.

Pero lo que nos congrega aquí hoy sugiere lo contrario. Por cada tache que se le pueda colocar a este país, existe una paloma. Más de 50 palomas.. Frente a todos los motivos para cerrar los ojos están todos los motivos para abrirlos. Frente a las razones para perder la fe en México estan todas las razones para recuperarla. La determinación de Lorena Ochoa. La pluma de Carlos Fuentes. La inteligencia de Mario Molina. El profesionalismo de Carlos Loret de Mola. El talento de Salma Hayek. La chispa de Diego Luna.. La visión empresarial de María Asunción Aramburuzavala. La imaginación de Angeles Mastretta. El humor de Carlos Monsivaís. La tenacidad de Alejandra de Cima. La sencillez de Gael García Bernal. Las canciones de Julieta Venegas. El espíritu democrático de Margarita Zavala. La creatividad de Julieta Fierro.. La forma en la cual Alondra de la Parra conduce una orquesta o Rafael Márquez mete un gol o Cristina Pacheco hace una entrevista.. La labor filantrópica de Alfredo Harp Helu. El periodismo implacable de Miguel Angel Granados Chapa. La arquitectura de Teodoro González de Leon.. La voz de Ximena Sariñana. Los huipiles de Beatriz Paredes.

Cada persona tendrá su propia lista, su propio pedazo del país colgado del corazón. Una lista larga, rica, colorida, voluptuosa, fragante.. Una lista que debe comenzar con las palabras de la chef Marta Ortiz Chapa: “Siempre me gusto ser mexicana”. Una lista con la cual contener el pesimismo; un antídoto ante la apatía; una vacuna contra la desilusión. Una lista de lo mejor de México. Una lista para despertarse en las mañanas. Una lista para pelear contra lo que Susan Sontag llamó “la complicidad con el desastre”.

Una lista como la compilada por la revista “Quien” hoy pero que en mi propio caso va más allá de ello para incluir todo lo que yo amo de mi país. Los murales de Diego Rivera. Las enchiladas suizas de Sanborns. Las mariposas en Michoacán. El cine de Alfonso Cuarón. El valor de Emilio Alvarez Icaza. Los huevos rancheros y los chilaquiles con pollo. El mole negro de Oaxaca . Los libros de Elena Poniatowska. La decencia de Germán Dehesa. Los tacos al pastor con salsa y cilantro. El mar en Punta Mita. La poesía de Efraín Huerta. El Espacio Escultórico al amanecer. Cualquier Zócalo, cualquier domingo.

La forma en que los mexicanos se besan y se saludan y se dicen “buenas tardes” al subirse al elevador. Las fiestas ruidosas los sábados por la tarde. La casa de Luis Barragán. Los amigos que siempre tienen tiempo para tomarse un tequila. Los picos coloridos de las piñatas. Las casas de Manuel Parra. Las bugambilias y los alcatraces y los magueyes. Las caricaturas de Naranjo y los cartones de Calderón. El helado de guanabana. La talavera de Puebla . Las fotografías de Graciela Iturbide. Los mangos con chile parados en un palo de madera . Las comidas largas y las palmeras frondosas. Las mujeres del grupo Semillas y las mujeres que luchan por otras - todavía - en Ciudad Júarez.

Y más allá de este recinto y este reconocimiento a cincuenta personas, habría que aprovechar la ocasión para pensar un momento en todos aquellos que también mueven a México. Sus habitantes. Ese país habitado por millones de hombres y mujeres mexicanas que se levantan al alba a prender la estufa, a preparar el desayuno, a remojar el arroz, a planchar los pantalones, a terminar la trenza, a correr detrás del camion, a trabajar donde puedan y donde les paguen por hacerlo. El país de muchas mujeres y hombres que duermen poco porque cargan con mucho.

Para acompañarlos les pido que piensen por un momento en las siguientes preguntas. Y si ustedes vivieran y mantuvieran a sus familias con 3,000 pesos al mes? Y si les tomara mas de dos horas y tres formas diferentes de transporte público llegar a su trabajo? Y si al regresar a casa, despues de un largo día, su esposo las golpeara? Y si, aunque ustedes contaran su caso cientos de veces, prevaleciera el silencio? Y si su hija o su madre o su hermana fuera violada en la calle o cerca de un cuartel del Ejército? Y si  en el Ministerio Público le dijeran que ella se lo buscó o que lo ocurrido no es un crimen? Y si resultara embarazada y la despidieran por ello? Y si hubiera complicaciones y no pudiera pagarle al médico? Y si ustedes estuvieran condenadas a la precariedad cotidiana como tantas más?

Para muchas mujeres en México esas preguntas no son hipotéticas sino reales. No representan lo que podría ocurrir sino lo que ocurre. En México, ser mujer entraña tener sólo 7 años de escolaridad promedio. En México ser mujer y trabajar en una maquiladora significa estar en peligro de muerte. En México, ser mujer implica el 30 por ciento de probabilidad de tener un hijo antes de los 20 años. En México todavía entraña luchar por el derecho a serlo.

Porque el país cambia pero no lo suficiente; porque México se mueve pero no a la velocidad que podría y debería. Algo estál mal. Algo no funciona. Tiene que ver con el control y los privilegios. Tiene que ver con 23 millones de personas en este país que viven con 20 pesos al dia. Tiene que ver con que 1 de cada 5 mexicanos entre la edad de 25 y 35 años vive y trabaja en Estados Unidos. Tiene que ver con el éxodo de 400,000 migrantes que cruzan la frontera en busca de oportunidades que no encuentran en su propio país. Con que el hijo de un obrero tiene solo el 5 por ciento de probabilidades de convertirse en profesionista.

Allí estan para quien las quiera ver: señales claras de un statu quo que es insostenible; síntomas de problemas profundos, históricos, estructurales. A lo largo del sur del país y a lo ancho de sus zonas más pobres. En cada institución disfuncional y en cada funcionario insensible que la encabeza. En cada decisión arbitraria por parte de alguien que ejerce el poder y en cada mexicana que padece sus consecuencias.

De allí que se vuelva imperativo celebrar a aquellos que están en la lista de quienes mueven a México, y al mismo tiempo reflexionar en lo mucho que falta por hacer. Pensar en un México menos cupular y más ciudadano. Menos elitista y más democrático. Menos interesado en retener las oportunidades insólitas que tienen algunos y más interesado en crearlas para otros. De lo que se trata, en esencia, es de cambiar la forma geométrica del país. Pasar del triángulo al rombo. Crear una amplia clase media poblada por personas con voz, con derechos, con oportunidades para generar riqueza y acumularla. Crear mexicanos, emprendedores, educados, competitivos, meritocráticos porque el país les permite serlo. Crear un sistema económico que promueva la movilidad social en vez de permitir la perpetuacion de obstaculos que la inhiben.

Y vivir todos los días con esa lista de lo mejor y lo posible para así pelear contra la lógica enraizada del “por lo menos”: “por lo menos hay paz social; “por lo menos” la pobreza extrema ha disminuido un poco; “Por lo menos no ocupamos el último lugar en las evaluaciones PISA de educación”. “Por lo menos en el sexenio pasado sólo se robaron un Jeef Rojo y una Hummer”. Hoy, la lógica compartida del “por lo menos” equivale a una defensa de la mediocridad. Equivale a una apología del statu quo que beneficia a pocos y perjudica a muchos. México solo será un país mejor cuando sus habitantes dejen de pensar en términos relativos y empiecen a exigir en términos absolutos. Cuando se conviertan en profetas armados con una visión de lo que podría ser. Cuando empuñen lo que Martin Luther King llamó “coraje moral”. Cuando vociferen que los bonos sexenales y la rapacidad de los sindicatos y la educación atorada y el desempleo constante y la inseguridad lacerante son realidades que ningún mexicano está dispuesto a aceptar. Porque si nadie alza la vara, el país seguirá viviendo - aplastado - debajo de ella. Porque si sólo 50 personas exigen que las cosas cambien, nunca lo harán. Porque si los mexicanos siguen habitando el laberinto de la conformidad, sera muy difícil sacudir al país desde allí.

Quienes pueblan esta lista saben que hay tanto por hacer; tanto por cambiar; tantos sitios donde amontonar el optimismo. El optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la inteligencia. El optimismo perpetuo que se convierte en multiplicador.

El optimismo que debe llevar  espero - a cada uno de los presentes - a hacer una declaración de fe, como la frase que acuñó Rosario Castellanos. Una filosofía personal para ver y andar, vivir y cambiar, participar y no sólo presenciar.

Una filosofía para compartir la terca esperanza de quien habla hoy y acompaña a los premiados. La convicción inquebrantable de mejorar a México. De restañar a la República. De volver a México un país de ciudadanos. Un lugar poblado por personas conscientes de sus derechos y dispuestos a contribuir para defenderlos. Dispuestos a llevar a cabo pequeñas acciones que produzcan grandes cambios. Dispuestos a sacrificar su zona de seguridad personal para que otros la compartan.

Yo creo que ser de clase media en un país con cuarenta millones de pobres es ser privilegiado. Y los privilegiados tienen la obligación de regresar algo al país que les ha permitido obtener esa posición. Porque para qué sirve la experiencia, el conocimiento, el talento, si no se usa para hacer de México un lugar más justo? Para qué sirve el ascenso social si hay que pararse sobre las espaldas de otros para conseguirlo? Para qué sirve la educación si no se ayuda a los demás a obtenerla? Para qué sirve la riqueza si hay que erigir cercas electrificadas cada vez más altas para defenderla? Para qué sirve ser habitante de un país si no se asume la responsabilidad compartida de asegurar vidas dignas allí? Yo creo en la obligación ciudadana de vivir en la indignación permanente: criticando, denunciando, proponiendo, sacudiendo. Porque los buenos gobiernos se construyen a base de buenos ciudadanos y sólo los inconformes lo son.

Yo creo que muchos de los miembros de esta lista logran hacer cosas extraordinarias. Aquellos que hacen más que pararse en fila y en silencio. Individuos que pelean por los derechos de quienes ni siquiera saben que los tienen. Alejandro Martí, denunciando a los policías cómplices y acorralando a los políticos que los protegen. Carmen Aristegui, lidereando la oposición contra la impunidad y concientizando al país sobre sus efectos. Guillermo Ortiz, peleando por la competencia y denunciando los costos que el país ha pagado al obstaculizarla. María Elena Morera, sacudiendo a una sociedad altergada y ayudándola a discernir el papel que debería desempenar. Miguel Angel Granados Chapa, defendiendo-con su columna —  la humanidad esencial de quienes la han perdido y ayudándolos a recuperarla. Ellos y tantos más, héroes y heroínas de todos los días. Ombudsmans cotidianos.

Yo creo que mientras existan individuos como muchos de los que hoy celebramos - encendidos, comprometidos, preocupados - el contagio continuará, poco a poco, y a empujones como todo lo que vale la pena. El monólogo de los líderes se convertirá en el coro de la población. La exasperación de los ciudadanos construirá cercos en torno a los políticos. Yo creo que un día - no tan lejano, quizás - habrá un diputado que suba a la tribuna y exija algo a nombre de la gente que lo ha elegido. En lugar de mirar con quién se codea en el poder, mirará a quienes lo llevaron allí. Y México será otro país, otro..

Yo creo que eso es posible, pero sólo ocurrirá cuando la fe los mexicanos aplaudidos por la revista “Quien” se vuelva la convicción de muchos.  Cuando la crítica fácil se traduzca en la participación transformadora. Cuando la creencia en el cambio se concretice en acciones diarias para asegurarlo. Cuando más mexicanos memoricen las palabras de mi amigo - el empresario y filántropo — Manuel Arango: “El que no sepa qué hacer por México que se ponga a saltar en un solo pie y algo se le ocurrirá”. Cuando saltando juntos logremos, de verdad, mover mejor a México.

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Mar

11

Respiraban Acompasados

By pabloeduardo.com

Respiraban acompasados, como quien encuentra lo que andaba buscando. Los ojos de él escudriñaban el techo, mientras trataba de calmar su respiración. Ella, con los ojos cerrados, no pensaba en nada, sentía que su lugar era entre los brazos de Jorge. Al cabo de algunos minutos, después de estar así, calmados y sin decir palabra alguna, en medio del silencio incómodo que existe cuando hay algo que decirse, Martina se levantó de la cama y dejó correr su hermoso cuerpo hacia el baño. Jorge, no dijo palabra alguna, sus ojos habían estado fijos en el techo desde que estuvieran abrazados hace unos cuantos minutos. Los dos llevaban días peleando, pero hoy no. Hoy de común acuerdo habían decidido no hablar sino besarse, tocarse, amarse como tenía semanas no lo había podido hacer. Martina salió del baño y la toalla colgaba de su cabeza hasta uno de sus perfectos pechos. Jorge se la quedó mirando y suspiró pesadamente.
-¿Qué?-expresó ella, mientras se sacudía el cabello.
-¿Cuánto tiempo tenemos?- preguntó Jorge hoscamente.
- Como veinte minutos – contestó mientras se vestía frente al espejo.
Volvió el silencio, no hubo respuesta alguna y durante los siguientes quince minutos ni ella ni Jorge dijeron algo. Sólo la calle, a través de la ventana, a lo lejos, reptaba viva. Eran las dos y media de la tarde. Los dos se siguieron vistiendo, encerrados en sus propias preocupaciones. Sabían que había mucho que aclarar, pero estaban cansados tanto física como emocionalmente. Martina rompió el silencio – Tan siquiera prende la tele ¿no? – exclamó en tono de reclamo. –No, no quiero ver la tele. ¿Te molesta el silencio? El silencio entre dos personas que se quieren no debe de ser incómodo – espetó Jorge mientras terminaba de vestirse. – A mi no me gusta el silencio, nunca me ha gustado el silencio y no me siento incómoda eh! – contestó ella firmemente y golpeó con los pies el piso de madera, del motel que siempre visitaban, para que las botas le calzaran bien. Jorge se levantó y se movió al sillón, mientras decía lo que ella no quería escuchar – tenemos que hablar- dijo y Martina sintió un pequeño escalofrío en el cuerpo, pero lo disimuló muy bien. Caminó hasta el sillón y al sentarse dijo – quiero un helado-.
-Te lo compró cuando salgamos, además no traigo dinero.
-Quien te pidió? –respondió ella sonriendo.
-Pues pídelo, porque me dices a mi.
Jorge había pasado dos intensas semanas desde la última vez que hablaron. A pesar de ser un hombre de 33 años, le había costado mucho adquirir cierta madurez emocional. Es por eso que se sentía tranquilo pero aún y así, el miedo no desaparecía completamente. Martina pidió su helado y colgó el teléfono para inmediatamente levantarse del sillón ir a la ventanilla de servicio y dejar el pago. Regresó y al golpear con sus botas la mesita frente al sillón. Jorge comenzó a hablar.
- Martina, Yo, quiero decirte muchas cosas pero antes te ruego que por los próximos cinco minutos no tratemos de ponernos trampas, ni hagamos juegos. La verdad estoy tan cansado de manipularnos y pelear por tonterías. Sólo quiero que escuches lo que te voy a decir, prometo que es limpio, sin trampas, es claro. – Ella asintió seriamente y Jorge continuó – Si te mentí efectivamente, si estaba saliendo con cuatro mujeres además que tú. El penúltimo mes creo que lo hice más para vengarme de que tú tenías novio, que porque en verdad sintiera la necesidad de estar con otra mujer. Yo estaba muy cómodo con el estilo de vida vacío que llevaba. No tenía porque preocuparme de nada, pero eso ha cambiado y cambió a causa tuya. – Martina entreabrió los ojos un poco, pero no se permitió pensar más. No pudo, Jorge continuó hablando. – En los últimos tres meses tú me has hecho recordar lo bonito que es tener una relación seria con alguien no basada en unos momentos de caricias, sino en llamadas, detalles, tonos, matices, sonrisas, pleitos, vaya! De todo! Y sinceramente, ya no puedo seguir siendo el segundo de nadie. Quiero casarme, quiero tener hijos, quiero la barda de madera blanca con el labrador jugando con mi hija. Quiero eso, nada más me interesa y por un momento pensé que lo había perdido pero lo encontré gracias a ti. Ahora no quiero confundirte, te quiero y te quiero mucho y si me gustas y hoy, hoy pues ya pasó, pero como te digo – Jorge se quedó callado y Martina trató de hablar pero el le pidió que le permitiera ordenar sus ideas – Martina – dijo de nuevo, te quiero, pero tú no eres la mujer de mi vida y sólo puedo quererte más y más como amiga. No quiero que te vayas de mi vida y tampoco quiero seguir escapándome a acostarme contigo cuando a los dos se nos antoje. Necesito buscar lo que quiero, y tú no eres lo que quiero. Eres maravillosa, hermosa, espectacular, pero eres mi amiga, no eres el amor de mi vida y no es el hecho de que tengas que hacer algo, es el hecho de que no me siento completo cuando estoy contigo y engañarte de cualquier otra manera sería algo terrible. Tú ya sabías esto pero quiero pedirte que me ayudes, que me dejes ir como amante y que me dejes ser libre. Déjame buscar a alguien que me complete, que sea solamente mía, que quiera la barda de madera blanca a como yo la deseo, y no quiero ya más que me amenaces, quiero que me acompañes, quiero que en unos años cuando los dos tengamos hijos nos vayamos de picnic y nos llevemos bien y quiero que seas mi madrina de boda y te quiero en mi vida pues! Pero no de la manera que tú desearías. Te ruego no juguemos hoy, te ruego me contestes en serio. Ya tenemos poco tiempo, debes de regresar a tu trabajo y yo al mío, pero te quería decir esto porque no es justo para nadie lo que está pasando.
Martina se quedó mirándolo desde el otro extremo del sofá. Volvió el silencio, amigo de los dos, a cubrir el cuarto. – Yo también te quiero – dijo Martina abriendo sus enormes ojos negros – y te quiero mucho. Tienes razón, te mereces algo mejor y si te tengo que dejar ir o presentar amigas o lo que sea para que seas feliz, lo haré. Ya no te preocupes, ya entendí. Ya no más pleitos, ya no más juegos, no más reclamos, prometo ser fielmente tu amiga y quererte tanto como tú hasta la fecha. – Expresó mientras se acercaba a darle un tierno beso.-Vámonos, es hora de trabajar.- agregó ella mientras él se levantaba del sillón.
-Y tú helado? – preguntó Martina.
-Me compras uno afuera. – contestó ella sonriendo mientras se abrazaban como si tuviera meses que no se veían.

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